La teoría de la cooperación en contextos de confrontación obsesiva

La teoría de la Cooperación, ¿es un recurso viable para resolver conflictos de profundo arraigue? Análisis y relación con el Modelo Sistémico de Análisis y Gestión Estratégica de Conflictos.

En un artículo publicado en el diario La Nación, Sergio Berensztein aborda el tema de la naturaleza de los acuerdos, para que sean exitosos [1]. Si bien lo hace en el contexto de la sociedad civil de la República Argentina a la fecha del artículo, caracterizado por «inmensos niveles de imprevisibilidad, desasosiego, pesimismo, falta de horizontes y tensiones crecientes», sus conceptos cobran interés y relevancia para observarlos a través de la lupa de nuestro modelo sistémico de Análisis y Gestión Estratégica de Conflictos (AyGEC), y esa es la razón por la cual encuentro justificado integrarlo a estas publicaciones, complementado por los agregados que siguen.

El trabajo en comentario enfoca los procesos caracterizados por largos períodos de confrontación permanente, para dar paso a pactos que definan prioridades estratégicas y coordinación de esfuerzos de los actores implicados, superando la desconfianza entre los protagonistas, las miradas temerosas y egoístas, la resistencia de los que descreen de la idea del acuerdo, y de aquellos que mantienen un pesimismo endémico como consecuencia de la acumulación de malas experiencias.

Surge entonces la pregunta: ¿cómo lograr que personas, organizaciones o países que vienen de una dinámica de peleas intensas, prejuicios mutuos, sospechas generalmente fundadas, decidan llegar a cualquier acuerdo? ¿Podían pensarse nuevos modelos de interacción estratégica, sostenibles en el tiempo, en ese contexto de enorme desconfianza?

El autor ensaya la respuesta a partir de la teoría de la cooperación, «que tuvo su auge a partir de finales de la década de 1950, gracias al impulso de autores como Garret Hardin, Anatol Rapoport, Robert Axelrod y Michel Taylor, interesados en indagar cómo lograr acuerdos racionales en sociedades altamente conflictivas y entre naciones que venían de protagonizar la Segunda Guerra». Sobre esta base teórica, propone: «convencer a los participantes de que no piensen en lo que se resuelva en un pacto determinado, sino que lo consideren uno de muchos, […] que predominen criterios minimalistas para ir mejorando paulatinamente, […] como una serie de negociaciones que se repiten a lo largo del tiempo, […] que los participantes tengan expectativas de lograr respuestas a sus demandas en un término prudencial», porque «mientras se sostenga esa expectativa, se reducen los conflictos y se logra construir confianza en el proceso y en el otro».

La teoría de la cooperación para sociedades conflictivas
Archivo Cámara de Diputados de Argentina

Desde nuestro modelo sistémico de AyGEC visualizamos con simpatía la teoría de la cooperación y la posibilidad de construir acuerdos duraderos fundados en el «diálogo genuino, propositivo, conducente y basado en el sentido común».

Pero la búsqueda de acuerdos, que es un proceso, debe comenzar por la Deconstrucción del Conflicto, esto es, la observación y comprensión del fenómeno que se intenta abordar, para seguir con lo que metafóricamente el modelo denomina Reconstrucción de la relación [2], que opera sobre la intensidad del conflicto a través de las variables de la conducta conflictiva para regular su intensidad que, por naturaleza, tiende a la escalada; y sabido es que un conflicto en escalada no admite la búsqueda de acuerdos sin el paso previo de su regulación, que demanda o bien la intervención de terceros, para que no se cumpla la ley de comportamiento empírico del conflicto [3], o bien el intercambio de actos positivos entre los participantes [4].

Sin estas operaciones previas es muy difícil que los protagonistas de conflictos, de la magnitud de los que se describen en el tercer párrafo de este artículo, ingresen en una dinámica de búsqueda de acuerdos, por más minimalistas que se los plantee.

Es que la relación entre cooperación y conflicto demanda referirse al género superior, que es la interacción y, con ello, a la necesidad de reconceptualizar la especie que es la interacción conflictiva. Esa reconceptualización, cuyos estudios se remontan a 1969, aisló tres tipos de interacción surgidos de datos empíricos de la interacción internacional: cooperación, participación y conflicto, con la particularidad de que la cooperación es una función que está más ligada a los temas en conflicto, en especial a la tangibilidad de los objetivos, mientras que la dinámica del conflicto está más relacionada con los actores.

Considero muy relevante este señalamiento porque es un lugar común en el que caen quienes se refieren a las metodologías de abordaje a los conflictos, el patrocinio de un método o teoría, sin tener en cuenta que ninguno de ellos funciona sin provocar un cambio previo en la interacción de los actores involucrados.

Y este cambio, en contextos como los que refiere el autor de la nota comentada, con antecedentes de décadas de una cultura de confrontación que permite calificarla como obsesiva, inhibe pensar en la posibilidad de autocomposición del conflicto mediante el intercambio espontáneo de actos positivos entre los participantes, lo que deja como única opción la regulación del conflicto por el tercero, el  conflictólogo, que es una de las tareas más delicadas porque demanda del manejo experto de los recursos que el modelo sistémico de AyGEC le pone al alcance como herramental operativo.

Porque la dinámica de la cooperación, relacionada como vimos con los temas del conflicto y la tangibilidad de los objetivos, opera en la variable de la conciencia racional o intelectual y se ubica en la dimensión objetal, que permite hacer cálculos de costo-beneficio en el uso de los recursos de poder que los protagonistas utilizan para la obtención de su meta conflictiva; en cambio, la dinámica del conflicto, que demanda un cambio en la interacción de los actores, tiene más relación con la variable de la  conciencia emocional, se ubica en la dimensión actoral y el cálculo es de affectio, que impide cualquier previsión porque la ganancia para el que opera el recurso de poder es la pérdida que puede provocar en el otro.

Por ello, el espíritu de cooperación basado en el diálogo y el respeto mutuo, en contextos de confrontación obsesiva como los que refiere el autor de la nota comentada, no es una cuestión de magia como muy bien lo señala; es un arduo, difícil y muy profesional trabajo de expertos que, además, dispongan de un herramental adecuado.

Notas y referencias:

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