Lenguaje, economía y conflictología

Interrogantes y conclusiones a partir de una charla TED sobre Lingüística y economía

Por Ezequiel Luppi y Rubén Calcaterra

A partir de la charla TED del profesor Keth Chen, que se transcribe a continuación y que puede visitarse en este link, Ezequiel Luppi, docente y miembro del Seminario Permanente de Investigación sobre teoría del conflicto en el Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales Ambrosio Gioja de la UBA, plantea un interrogante al final de un trabajo que envía como colaboración a propósito de la charla. También, y a propósito de la misma, Rubén Calcaterra formula una conclusión.

Keith Chen: ¿Podría el lenguaje afectar a la capacidad para ahorrar dinero?

Keith Chen: ¿Podría el idioma afectar a la capacidad para ahorrar dinero?

La crisis económico-financiera mundial ha reavivado el interés público en algo que es en realidad una de las preguntas más antiguas en la economía que se remonta a antes de Adam Smith. ¿Por qué países con economías e instituciones aparentemente similares muestran a veces hábitos de ahorro radicalmente diferentes?

Muchos economistas brillantes han pasado toda su vida trabajando en esta pregunta y hemos avanzado mucho, y ahora comprendemos muchas cosas. Estoy aquí hoy para hablarles sobre una fascinante nueva hipótesis y algunos nuevos impactantes hallazgos en los que he estado trabajando sobre el vínculo entre la estructura del idioma que hablan y su tendencia al ahorro. Déjenme contarles un poco sobre las tasas de ahorro, un poco sobre el idioma, y luego llegaré a esa conexión.

Comencemos por pensar en los países miembros de la OCDE, o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Los países de la OCDE, por lo general, deberían considerarlos como los países más ricos y más industrializados del mundo. Al unirse a la OCDE, ratifican un acuerdo común de democracia, mercados abiertos y libre comercio. A pesar de todas estas similitudes, vemos grandes diferencias en los hábitos de ahorro.

En la izquierda de este gráfico (ver imagen), hay muchos países de la OCDE que ahorran más de un cuarto de su PIB al año y algunos que ahorran más de un tercio de su PIB al año. Manteniendo el flanco derecho de la OCDE, en el otro extremo, está Grecia. Pueden ver que durante los últimos 25 años Grecia apenas ha logrado ahorrar más de un 10% de su PIB. Debe tenerse en cuenta, por supuesto, que EE. UU. y el Reino Unido son los siguientes.

Economía: capacidad de ahorro por país
Tasa de ahorro: 1985-2010

Ahora que vemos estas grandes diferencias en los índices de ahorro, ¿cómo es posible que el idioma pudiera tener algo que ver con estas diferencias? Déjenme contarles un poco sobre cómo difieren fundamentalmente los idiomas. Los lingüistas y los científicos cognitivos han estado explorando esta pregunta durante muchos años. Luego explicaré la conexión entre estos dos comportamientos.

Muchos ya habrán notado que soy chino. Crecí en el Medio Oeste de EE. UU. Y algo de lo que me di cuenta muy pronto fue de que el idioma chino me obligaba a hablar sobre… y, de hecho, más importante que eso, levemente me obligaba a pensar sobre la familia de manera muy diferente.

¿Cómo puede ser posible? Déjenme ponerles un ejemplo. Supongamos que estuviéramos hablando y les presentara a mi tío. Entendieron exactamente lo que dije en inglés. Sin embargo, si estuviéramos hablando en chino mandarín, no tendría esa suerte. No podría haber sido capaz de transmitir tan poca información. Lo que mi idioma me hubiera obligado a hacer, en vez de solo decirles «este es mi tío», es a darles una tremenda cantidad de información adicional. Mi idioma me obligaría a decirles si se trata de un tío por parte de madre o de padre, si se trata de un tío por matrimonio o por nacimiento y, si fuera el hermano de mi padre, si es mayor o menor que mi padre. Toda esta información es obligatoria. El chino no me deja ignorarla. Y de hecho, si quiero hablar correctamente, el chino me obliga a pensar en ello constantemente.

Eso me fascinó infinitamente cuando era niño, pero lo que me fascina aún más hoy como economista es que algunas de estas mismas diferencias se mantienen en la manera en que los idiomas se refieren al tiempo. Por ejemplo, si estoy hablando en inglés, tengo que hablar gramaticalmente diferente. Si estoy hablando sobre la lluvia pasada: «Llovió ayer»; la lluvia actual, «Está lloviendo ahora», o la lluvia futura, «Lloverá mañana». El inglés requiere mucha más información sobre el momento de los acontecimientos. ¿Por qué? Porque tengo que considerarlo y tengo que modificar lo que digo para decir «It will rain» (Lloverá) o «It’s gonna rain» (Va a llover). Simplemente, no está permitido en inglés decir: «Llueve mañana».

A diferencia de eso, así es casi exactamente como lo dirían en chino. Un orador chino puede básicamente decir algo que suena muy extraño a los oídos de un hablante de inglés. Pueden decir: «Ayer llueve», «Ahora llueve», «Mañana llueve». En un sentido profundo, el chino no divide el espectro del tiempo de la misma manera que el inglés nos obliga para hablar de manera correcta.

¿Se da esta diferencia solo entre lenguas muy, muy alejadas, como el inglés y el chino? En realidad, no. En esta sala, muchos de ustedes saben que el inglés es una lengua germánica. Lo que no se han dado cuenta es que en realidad el inglés es atípico. Es la única lengua germánica que requiere esto. Por ejemplo, los hablantes de otras lenguas germánicas se sienten completamente cómodos hablando sobre la lluvia de mañana. Al decir «Morgen regnet es», literalmente para un oído inglés «Llueve mañana».

Esto me llevó, como economista conductual, a una hipótesis fascinante. ¿Podría ser el cómo tu idioma te obliga a hablar y pensar acerca del tiempo, lo que afecta tu propensión a comportarte a través del tiempo? Ustedes hablan inglés, una lengua que usa mucho el futuro. Y lo que eso significa es que cada vez que discuten el futuro o algún tipo de evento futuro, gramaticalmente están obligados a separarlo del presente y tratarlo como si fuera algo visceralmente diferente. Ahora supongan que esa diferencia visceral hace que disocien sutilmente el futuro del presente cada vez que hablan. Si eso es verdad y hace que el futuro se sienta como algo más distante y más diferente del presente, eso hará más difícil ahorrar. Si, por otro lado, hablan un idioma sin futuro, se habla del presente y del futuro de forma idéntica. Si eso les impulsa a sentirlos de manera idéntica, será más fácil ahorrar.

El tiempo futuro en las lenguas
Lenguajes con futuro: el futuro es diferente del pasado. Lenguajes sin futuro: El futuro es similar al presente.

Ahora bien, esta es una teoría fantasiosa. Soy un catedrático, me pagan para tener teorías fantasiosas. Pero ¿cómo podríamos realmente probar tal teoría? Bueno, accedí a una bibliografía sobre lingüística. Y curiosamente, hay focos de hablantes de lenguas sin futuro situados en todo el mundo. Hay un foco de hablantes de lenguas sin futuro en el norte de Europa. Curiosamente, cuando comienzan a analizar los datos, estos focos de hablantes de lenguajes sin futuro alrededor de todo el mundo llegan a ser, por lo general, algunos de los mejores ahorradores del mundo.

Solo por darles una pista, veamos de nuevo ese gráfico de la OCDE del que estábamos hablando. Lo que ven es que estas barras son sistemáticamente más altas y sistemáticamente desplazadas a la izquierda, comparadas con las barras de los miembros de la OCDE que hablan lenguas con futuro. ¿Cuál es la diferencia promedio aquí? Cinco puntos porcentuales de su PIB ahorrados al año. Durante más de 25 años, esto tiene enormes efectos sobre la riqueza de la nación.

Lenguajes con y sin futuro
Capacidad de ahorro y lenguajes con y sin futuro

Aunque estos hallazgos son sugerentes, los países pueden ser diferentes de tantas maneras distintas que a veces es muy difícil tener en cuenta todas estas posibles diferencias. Les voy a mostrar algo en lo que he estado participando durante un año, que es en tratar de reunir todas las mayores listas de datos a las que tenemos acceso los economistas, y voy a tratar de quitar todas esas posibles diferencias, esperando que esta relación se rompa. En resumen, por mucho que lo intente, no puedo conseguir que se rompa. Les voy a enseñar hasta dónde se puede aplicar.

Una forma de imaginarlo es que reúna grandes conjuntos de datos de todo el mundo. Por ejemplo, está la Encuesta de Salud [Envejecimiento] y Jubilación en Europa. A partir de este conjunto de datos uno puede descubrir que las familias de jubilados europeos son extremadamente pacientes con los encuestadores. Imaginen que son pensionistas en Bélgica y alguien llama a su puerta. «Perdone, ¿le importaría si examinara su cartera de acciones? ¿Por casualidad sabe cuánto vale su casa? ¿Le importaría decírmelo? ¿Tendrá por casualidad un pasillo de más de 10 metros de largo? Si lo tiene, ¿le importaría si mido el tiempo que se tarda en cruzarlo? ¿Le importaría apretar tan fuerte como pueda este dispositivo con su mano dominante, para que pueda medir su fuerza de agarre? ¿Qué tal si sopla en este tubo para que pueda medir su capacidad pulmonar?». La encuesta tomaría todo un día. Combinen eso con una Encuesta Demográfica y de Salud recopilada por USAID en los países en desarrollo de África, por ejemplo. Dicha encuesta puede realmente ir tan lejos como para medir directamente la condición del VIH de las familias que viven, por ejemplo, en sectores rurales de Nigeria. Combinen eso con una encuesta mundial de valores, que mide las opiniones políticas y, afortunadamente para mí, los hábitos de ahorro de millones de familias en cientos de países de todo el mundo.

Tomen todos los datos, combínenlos y este mapa es lo que obtienen. Lo que encuentran son nueve países de todo el mundo que tienen importantes poblaciones nativas que hablan tanto lenguas sin futuro como con futuro. Lo que voy a hacer es formar pares estadísticamente comparables entre las familias que son casi idénticas en todas las dimensiones que pueda medir y luego voy a estudiar si el vínculo entre la lengua y el ahorro se mantiene incluso después de controlar todos estos niveles.

¿Cuáles son las características que podemos controlar? Bueno, voy a emparejar las familias en el país de nacimiento y de residencia, la demografía: el sexo, la edad, su nivel de ingresos dentro de su propio país, sus logros educativos, mucho sobre su estructura familiar. Resulta que hay seis maneras diferentes de estar casado en Europa. De manera más específica, los separo por religión, donde hay 72 categorías de religiones en el mundo, así que los llevo a un nivel extremo de especificación. Una familia puede ser de 1400 millones de maneras diferentes.

Todo lo que voy a decir de ahora en adelante es comparando solo a estas familias básicamente idénticas. Es lo más cercano posible al experimento mental de encontrar dos familias que vivan en Bruselas que son idénticas en todas y cada una de estas dimensiones, pero una de las cuales habla flamenco y y la otra habla francés; o dos familias que viven en una zona rural de Nigeria, una de las cuales habla hausa y la otra igbo.

Ahora, incluso después de todo este nivel específico de control, ¿ahorran más los hablantes de lenguajes sin futuro? Sí, los hablantes de lenguajes sin futuro, incluso después de este nivel de control, son un 30 % más proclives a ahorrar en un año determinado. ¿Tiene efectos acumulativos? Sí. Al jubilarse, los hablantes de lenguas sin futuro, manteniendo un ingreso constante, van a jubilarse con 25% más de ahorros.

¿Podemos ir más allá con estos datos? Sí, como acabo de decir, como economistas reunimos una gran cantidad de datos sobre la salud. Ahora, ¿cómo podemos pasar de pensar en los hábitos de salud a pensar en ahorros? Bueno, piensen en fumar, por ejemplo. Fumar es en un sentido profundo un ahorro negativo. Si el ahorro es el dolor presente a cambio de placer futuro, fumar es justo lo contrario. Es placer presente a cambio de dolor futuro. Lo que deberíamos esperar entonces es el efecto contrario. Y eso es exactamente lo que encontramos. Los hablantes de idiomas sin futuro son de un 20 % a un 24 % menos proclives a fumar en cualquier punto dado en el tiempo en comparación con familias idénticas, y van a ser de un 13 % a un 17 % menos proclives a ser obesos cuando se jubilan, y van a presentar un 21 % más de probabilidades de haber utilizado preservativo en su último encuentro sexual. Podría seguir y seguir con la lista de las diferencias que se pueden encontrar. Es casi imposible no encontrar un hábito de ahorro en el que no esté presente este poderoso efecto.

Mis colegas en Yale de lingüística y economía y yo estamos empezando a hacer este trabajo y a explorar y comprender las maneras en las que estos sutiles aspectos nos hacen pensar más o menos en el futuro cada vez que hablamos. Finalmente, el objetivo, una vez que entendamos cómo estos sutiles efectos pueden cambiar nuestra toma de decisiones, queremos ser capaces de proporcionar herramientas a la gente para que conscientemente puedan hacerse mejores ahorradores e inversores más conscientes para su futuro.

La estructura del lenguaje y los conflictos

Por Ezequiel Luppi

Keth Chen, economista conductual profesor titular de economía en la Anderson School of Management de UCLA, ha investigado la conexión que existe entre la conducta de las personas y el idioma que utilizan. En la charla transcripta hace hincapié específicamente en cómo la lengua hablada por distintas familias de características similares modifica su patrón de ahorro.

El Dr. Chen afirma que hay idiomas en que el tiempo presente se diferencia claramente del tiempo futuro, en los cuales resulta imposible no definir esta cuestión al momento de expresar una idea, como puede ocurrir en el castellano y en el inglés; mientras que, en otros idiomas, las diferencias entre presente y futuro no deben ser necesariamente establecidas al momento de comunicar algo, de forma tal que presente y futuro forman parte de una misma unidad. La conclusión a la que llega Keth Chen es que, en virtud de ello, quienes hablan lenguas que no diferencian entre el presente y el futuro ahorran más dinero, por cuanto desaparece la idea de que es en un futuro cuando podrán disfrutar de ese dinero.

Desde la perspectiva del estudio del conflicto, desde hace años que se conoce la relación entre el modo en que significamos las palabras que utilizamos y nuestro modo de actuar. Calcaterra dice que “la gente entiende de tal forma y actúa en consecuencia[1]. Es en los significados contenidos en la narrativa de los actores donde reside el conflicto, son esos significados los que impulsan el intercambio de actos negativos que dan operatividad al conflicto, de forma similar a lo que, conforme propone Keth Chen, ocurre con el ahorro.

El modelo sistémico de Análisis y Gestión Estratégica de Conflictos, dedica todo su Subsistema de Interacción y Cambio al abordaje de esta cuestión; movilizado por el eje de la Reconstrucción de la Relación, trabaja con el sistema de significados contenidos en las narrativas para modificarlos a través de la retroalimentación positiva de la comunicación entre los actores, a fin de construir nuevos significados que permitan gestionar el conflicto.

Sin embargo, resulta interesante analizar la cuestión de la estructura del lenguaje utilizado para construir esas narrativas, elemento que no es elegido por los actores, y que en nuestro caso sería el español, para descubrir qué características presentes en él podrían influir en la generación de conflictos. Para que, una vez individualizadas, se puedan desarrollar herramientas lingüísticas que permitan morigerar estos efectos negativos.

[1] “El sistema conflicto”, Grupo Editorial Ibañez, Bogotá, 2016, pág. 285.

Un interrogante “fascinante” y su relación con el giro epistemológico de lo lineal a lo circular

Por Rubén Calcaterra

Por mi parte, el interrogante fascinante que me interesa destacar, para mensurar la importancia del viraje epistemológico de lo lineal a lo circular que ha hecho nuestro modelo sistémico de Análisis y Gestión Estratégica de conflictos, es:

¿Podría ser el cómo tu idioma te obliga a hablar y pensar acerca del tiempo, lo que afecta tu propensión a comportarte a través del tiempo?

¿Por qué? Porque el giro epistemológico que produce el salto de la lógica lineal a la lógica circular, compromete varias cuestiones. Una de ellas es, precisamente, la relevancia de la historia en la construcción de las narraciones, ya que, siguiendo el paradigma imperante en la época, los primeros modelos de abordaje a los conflictos fueron lineales y, como tales, sus estructuras responden a la relación causa – efecto.

El conflicto tiene una causa, sin tener en cuenta ni la multiplicidad de ellas que pueden haber llevado al conflicto, ni el contexto, ni los errores del pasado que podrían llevar a comprender el presente y a proyectar sobre el futuro. Para nuestro modelo sistémico, en cambio, “no hay una causa única, sino una serie de causas que se retroalimentan de manera permanente. Incluye la noción de contexto y los aspectos tanto espaciales como históricos del conflicto. La metodología consiste en aumentar las diferencias de manera controlada, porque son ellas las que proveen información y permiten la modificación de las historias de las partes, que son las que contienen el conflicto”[1]. La conclusión es que hay una diferencia decisiva en cómo, el idioma con que se expresan los modelos circulares, permite el hablar y el pensar acerca del tiempo, y, con ello, una mejor comprensión de los elementos comportamentales que integran los conflictos. 

[1] Calcaterra, R.A., El conflicto como sistema, Astrea, Buenos Aires, 2021, pág. 72.

Sobre el Subsistema Interacción y cambio

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