El conflicto social como método de cambio social, o como vehículo para alertar a los gobiernos sobre carencias de las políticas implementadas.
Me ha parecido sumamente interesante utilizar dos artículos, uno de Luisa Corradini [1], y el otro de Mario Vargas Llosa [2], publicados con un día de diferencia, para reflejar y analizar un tema de candente actualidad: las tensiones globales a partir del tema de la desigualdad social, y de reflexionar acerca de la capacidad de las protestas como: i) método para intentar cambiar a las sociedades, o ii) como vehículo para alertar a los gobiernos sobre carencias, por insuficientes, de las políticas implementadas
1) La protesta social como revolución contra la desigualdad
Desde París, Corradini dice que ya en 1840, el filósofo francés Alexis de Tocqueville escribía: «Casi todas las revoluciones que cambiaron la cara de los pueblos nacieron para consagrar o para destruir la desigualdad […]. Por esa razón, si alguien es capaz de fundar una sociedad donde cada uno tenga algo para conservar y poco para arrebatar, habrá hecho mucho por la paz del mundo». Y que, “más de un siglo y medio después, esa reflexión conserva toda su vigencia. De Hong Kong a El Cairo, de Santiago a Argel, de París a Moscú, basta una pequeña chispa para encender violentas olas de protesta que desestabilizan gobiernos democráticos y regímenes autoritarios. Pero ¿acaso esas «revoluciones» sirven para cambiar en forma duradera una sociedad?
Es grande la tentación de caer en el cinismo -continúa Corradini- y repetir la célebre frase de Giuseppe Tomasi de Lampedusa en El Gatopardo: «Es necesario que todo cambie, para que todo siga como siempre». La historia, sin embargo, parece demostrar lo contrario. Y repasa los acontecimientos del mayo francés de 1968, que provocó una ruptura fundamental en la sociedad francesa y fue imitado como modelo de modernización en la mayoría de las democracias occidentales; de las protestas contra la represión en la denominada Primavera de Praga y el fin del «socialismo con rostro humano»; de la Revolución de Terciopelo checoslovaca de 1989, que precipitó la caída del Partido Comunista de ese país y el fin de la República Socialista Checoslovaca, como sucedería con el resto de los regímenes comunistas del este europeo; de la caída del Muro de Berlín y la apertura de la Cortina de Hierro, ocurrido veinte días antes, que en junio de 1990 produjo la elección del primer gobierno democrático y totalmente no comunista del país; de las «primaveras» de los países árabes, que parecen empantanadas en interminables conflictos (en Libia, Siria y Yemen) o asfixiadas por la contrarrevolución (como pasa en Egipto); de los estallidos ciudadanos en Sudán, Argelia, Egipto y ahora en Irak, que demuestran claramente que los procesos sociales, por naturaleza, jamás son lineales y tampoco pueden ser reducidos a razonamientos binarios o metáforas meteorológicas; de esa nueva agitación a la que asistimos desde hace varios meses en Medio Oriente confirma que los movimientos revolucionarios de 2011 no constituían breves fases sin futuro de esperanza de democratización alimentado por la crisis estructural, social y política de la mayoría de los Estados de la región como Irak, Jordania, Túnez, Marruecos.
Corradini enumera los estallidos de carácter social, político y económico ocurridos en 2019 en numerosos países como Bolivia, frente al posible fraude electoral de Evo Morales, en Ecuador con el anuncio del presidente Lenín Moreno sobre la eliminación de los subsidios a los combustibles, en Haití, con las revueltas por la acentuada crisis política y económica y un escándalo de corrupción asociado a la malversación del petróleo proveniente de Venezuela; en Venezuela cuando la oposición proclamó a Juan Guaidó presidente interino en rechazo de las cuestionadas elecciones de 2018 que garantizaban un nuevo mandato para Nicolás Maduro; en Puerto Rico, a raíz de la filtración de conversaciones homofóbicas y discriminatorias entre el gobernador Ricardo Rosselló y sus colaboradores; en Etiopía, con protestas de carácter étnico y religioso en la región etíope de Oromía en apoyo de un destacado activista del país; en Hong Kong, con las multitudinarias manifestaciones en rechazo del proyecto de ley de extradición a China y el pedido de medidas democráticas como el sufragio universal y la libre participación; en España, después de conocerse la sentencia del Tribunal Supremo a los líderes políticos y sociales del independentismo catalán por sedición; en Irak, por la deficiencia de servicios públicos, la corrupción generalizada y las altas tasas de desempleo; en Líbano, por el anuncio de un nuevo impuesto para las llamadas de WhatsApp y se extendieron a otros reclamos, como la corrupción generalizada, el mal manejo de la economía y la pobreza; en Filipinas, en rechazo a la propuesta de reinstaurar la pena capital para aquellos delitos relacionados con drogas y corrupción; en la República Checa, donde miles de manifestantes exigieron en Praga la renuncia del primer ministro checo acusado de abusos en la utilización de fondos provenientes de la Unión Europea (UE); en Argelia, para manifestar descontento con vistas al sistema de la elección presidencial del 12 de diciembre; en Rusia, para convocar a elecciones libres y justas luego de la exclusión de varias figuras de la oposición en las elecciones locales realizadas en septiembre; en Paquistán, donde miles de personas se unieron hace una semana en protesta contra el gobierno de Imran Khan.
Analiza los contextos mundiales que propiciaron estos movimientos. Así, mientras el mayo francés del 68 era inevitable en una sociedad que se abría a la tecnología y la comunicación global mientras seguía encorsetada por viejos valores sociales ultraconservadores, las revoluciones del este europeo llegaron todas de la mano de una Guerra Fría al borde del abismo, empujada hasta allí por el incontrolable sueño de libertad de los pueblos. ¿Y ahora? ¿Qué nos dicen las revoluciones árabes, los estallidos latinoamericanos, los estudiantes en Hong Kong e, incluso, los «chalecos amarillos» franceses? Casi lo mismo que decía Alexis de Tocqueville en 1840. «Que el sentimiento de arrebato de la dignidad es central en toda sublevación», según Myriam Benrad, o como describe el economista estadounidense Michael Pettis -mucho más radical que Tocqueville-, “el fin de la globalización feliz».
Y concluye citando al politólogo francés Philippe Moreau Defarges: en otras palabras, el mundo parece hallarse otra vez frente al fin de una época. Esa «universalización de la desesperanza» podría estar convirtiéndose en una bomba de tiempo difícil de contener. «Como en 1968 en Francia o en 1989 en los países de Europa del Este, es sorprendente constatar que «la incomprensión de las dinámicas en curso y el desconocimiento de la sociedad real de un país por parte de sus gobernantes es, sin duda, el motor principal de esos estallidos que inevitablemente terminan cambiando los destinos de un país».
2) El conflicto social como protesta ante un Estado ineficiente
A su turno, y desde Madrid, Vargas Llosa enfoca en el caso chileno para analizar lo que califica como “un hecho misterioso y sorprendente”: la violenta explosión social en Chile contra el alza de los boletos del metro, los saqueos y devastaciones, los veinte muertos, los millares de presos y, por último, la manifestación de un millón de personas en las calles protestando contra el gobierno de Sebastián Piñera.
¿Por qué misterioso y sorprendente?, se pregunta Vargas Llosa. Por una razón muy objetiva: Chile es el único país latinoamericano que ha dado una batalla efectiva contra el subdesarrollo y crecido en estos años de manera asombrosa que le permitió que la renta per cápita sea de 15.000 dólares anuales y en poder adquisitivo de 23.000 dólares, que ha acabado con la pobreza extrema y, como en ninguna otra nación latinoamericana, han pasado a formar parte de las clases medias tantos sectores populares; goza de pleno empleo, y las inversiones extranjeras y el desarrollo notable de su empresariado y sus técnicos han hecho que sus niveles de vida suban velozmente, dejando muy atrás al resto de los países del continente. Atribuye todo ello al resultado del referéndum de hace 31 años con el que el pueblo chileno puso punto final a la dictadura y al consenso entre la izquierda y la derecha para mantener una política económica que ha traído gigantescos progresos al país, y, por supuesto, a las elecciones libres y la libertad de expresión. Un progreso de verdad, no solo económico, sino al mismo tiempo político y social.
¿Cómo explicar entonces lo ocurrido? ¿A qué comparar la explosión chilena, entonces? Al movimiento de los «chalecos amarillos» francés, más bien, y al gran malestar que hay en Europa denunciando que la globalización haya aumentado las diferencias entre pobres y ricos de manera vertiginosa y pidiendo una acción del Estado que la frene. Es una movilización de clases medias, como la que agita a buena parte de Europa, y tiene poco o nada que ver con los estallidos latinoamericanos de quienes se sienten excluidos del sistema. En Chile nadie está excluido del sistema, aunque, desde luego, la disparidad entre los que tienen y los que apenas comienzan a tener algo sea grande.
¿Qué ha fallado, pues?
Vargas Llosa afirma que ha fallado, o todavía falta un aspecto fundamental del desarrollo democrático que postula el liberalismo: la igualdad de oportunidades, la movilidad social. Esto último existe en Chile, pero no de manera tan efectiva como para frenar la impaciencia, perfectamente comprensible, de quienes han pasado a formar parte de las clases medias y aspiran a progresar más y más gracias a sus esfuerzos. No existe todavía una educación pública de primer nivel ni una sanidad que compita exitosamente con la privada ni unas jubilaciones que crezcan al ritmo de los niveles de vida. Una sociedad admite las diferencias económicas, los distintos niveles de vida, solo cuando todos tienen la sensación de que el sistema, por lo abierto que es, precisamente, permite en cada generación que haya progresos individuales y familiares notables, es decir, que el éxito -o el fracaso- estén en el destino de todos. Esta es, probablemente, la asignatura pendiente del progreso chileno, como sostiene, en un inteligente ensayo, el colombiano Carlos Granés, cuyas opiniones en gran parte comparte Vargas Llosa.
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