La Conflictología en la escuela

Observamos en el mundo moderno un incremento de patrones agresivos y autoagresivos en niños y adolescentes que requieren buscar los mejores recursos para enfrentar la problemática desde la educación. La Conflictología podría aportar herramientas sumamente constructivas.

El aumento de la violencia social en la Argentina ha sido notable a lo largo de los últimos años. Fundamentalmente, se incrementaron los indicadores de violencia social en los niños y adolescentes. En esta misma población, también aumentaron los índices de suicidio, drogodependencia, alcoholismo y trastornos de conducta.

Es posible observar que existe un conjunto de patrones agresivos y autoagresivos estables que nuestros jóvenes desarrollan cotidianamente, siguiendo una tendencia prevalente en Occidente.

                 Enfrentar una problemática social tan seria implica la utilización integral de recursos pedagógicos y programas de prevención social adecuados.

            Significa además desarrollar, dentro de la comunidad, capacidades e instrumentos aptos para luchar contra este grave flagelo social.

            Entre los fenómenos que en la actualidad contribuyen a desencadenar y sostener las conductas agresivas y autoagresivas de los menores, podemos mencionar:

  1. La marginalidad y extrema pobreza de ciertos sectores de la Sociedad.
  2. Las distorsiones y omisiones en la comunicación intergeneracional.
  3. El creciente consumo de televisión con su cuota de excesiva violencia.
  4. La difusión y aceptación de conductas agresivas, especialmente a través de medios masivos de comunicación.

Este incremento de conductas violentas ha motivado que especialistas, en el mundo, se preguntaran sobre la manera como los seres humanos enfrentamos nuestros conflictos y qué significa tener un conflicto.

En este sentido, ellos coinciden en afirmar que todas las sociedades, las comunidades, las organizaciones y las relaciones afrontan conflictos en diferentes oportunidades y en proceso de la interacción cotidiana. El conflicto es, por lo tanto, un hecho real y de ninguna manera necesariamente negativo, anormal o disfuncional.

El modo de resolver los conflictos puede conducir al crecimiento y enriquecimiento personal de todas las partes involucradas o por el contrario, conducir a infligir daño físico o psicológico o destruir al antagonista.

Uno de los modos “espontáneos” de resolución, que se aplica en nuestra cultura, es la pelea, que pareciera ser entonces la respuesta “natural” a los conflictos. La agresión, sin embargo, es una conducta aprendida.

            Creo posible y necesario implementar recursos que permitan desaprender lo aprendido, para en su lugar, instalar nuevas capacidades para enfrentar los conflictos sin violencia.

            La resolución productiva del conflicto depende, por un lado, de las cualidades de los participantes para idear procedimientos eficaces de resolución de problemas sobre la base de la cooperación y, por otro, de la disponibilidad de soluciones que satisfagan los intereses de los involucrados.

La Conflictología tiene trabajo para hacer aquí porque ofrece procesos constructivos para resolverlos. Es una alternativa a la idea de evitarlos, a la confrontación destructiva o al empleo de la violencia. Brinda a las personas la oportunidad de asumir responsabilidades para su resolución y de tener el control sobre el resultado. Se parte de la idea de que cada conflicto ofrece la posibilidad de aprender y de mejorar una relación.

La tarea del conflictólogo consiste en introducir cambios, salir del “campo de batalla” y sentarse en una mesa con el fin de lograr acuerdos. Su función es facilitar el diálogo entre los involucrados, evitando generar malos entendidos, aclarando los problemas y ayudando a buscar soluciones aceptables para ambas partes. Así, tanto docentes como alumnos se aproximan a una nueva forma de relación que aleja el autoritarismo con el consiguiente mejoramiento del clima de convivencia en los establecimientos educativos.

 

            Desde el período que se extiende desde 1930 hasta 1983, la historia política argentina puede ser caracterizada por lo que se conoce como proceso de alternancia cívico – militar, que su ciudadanía considera definitivamente clausurado una vez logrado el retorno al estado de derecho democrático en el año 1983. Es en este momento cuando el debate educativo logra centralidad plasmándose en acción en lo que se denominó el Primer Congreso Pedagógico Nacional, donde la Sociedad elaboró los principales señalamientos que recién al promediar los años 90 fueron rescatados y nuevamente ocuparon la agenda de las necesidades básicas educativas a cubrir en la Argentina.

            La sanción de la Ley Federal de Educación 24.195 en el año 1993 -reemplazada por la ley 26.206- imprimió un cambio trascendente en la estructura jurídica de la educación, lograda con dificultades, pues se pusieron en juego un sistema de relaciones de fuerzas que conmueven intereses históricos. Es uno de los cambios normativos más trascendentes en la historia del sistema educativo argentino; transformó toda su estructura e impulsó el mayor de los desafíos: el cambio de las prácticas, el consenso y la participación real de los actores.

            Y es, precisamente, donde creo que se debe enfatizar, pues a través de las diferentes estrategias para la construcción de consensos es donde se puede crear la alternativa de futuro para nuestro país, reconociendo que tanto sus dificultades como posibilidades de éxito dependen no sólo de factores económicos, sino también de los políticos y culturales.

La escuela es una institución que debe estar dedicada al aprendizaje de nuevos conocimientos y habilidades y al desarrollo de aptitudes. La Conflictología, llevada al plano de la educación, puede incorporar esos conocimientos y habilidades y desarrollar esas aptitudes.

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